Ser imprescindibles en el trabajo y/o ser desechados

Mi hija llora cuando me voy a trabajar. Que se ponga triste por mi accionar me llena de culpa. Pero a la vez, debo reconocer que me hace sentir bien el saber que soy importante para ella. Culpa versus Ego. Sin duda, preferiría evitarle esa tristeza y evitarme esa culpa, pero sé que unos minutos después ya está feliz reemplazando mi presencia por la de algún peluche, y que esta etapa es parte del desarrollo normal de los bebés. Y que se pasa. Sucede alrededor del décimo mes y dura unos meses nomás.

Es decir que en nuestro “trabajo” como padres, es sano pasar por esta etapa y no tiene mucho sentido cuestionarse más a fondo esta situación en estos momentos. Aunque desde ya pasará a ser dañino nuestro trabajo de padres si generamos dependencia en nuestros hijos cuando son más grandes y en áreas en las cuales no nos necesitan sí o sí.

Ahora bien, en nuestros otros trabajos fuera de casa, si pudiéramos elegir, ¿preferiríamos hacernos imprescindibles?

Con los años uno puede acumular ejemplos propios y ajenos que justifican esta actitud, así como también contraejemplos que demuestran que en el 99% de los casos, quien se consideraba o era considerado imprescindible, al poco tiempo la realidad demostró que no era tal. Sin embargo, nuestro instinto de supervivencia muchas veces nos mueve a generar la mayor dependencia posible en nosotros. Esto se traduce en una minimización de la información compartida, de la formación de los otros, de la transmisión de nuestros conocimientos, del generar un posible reemplazo para nosotros.

No tengo la solución mágica, pero en mi vida tengo dos ejemplos muy presentes en los cuales el haber hecho demasiado bien mi trabajo me transformó en prescindible y fui castigado por ello. Y aun así, prefiero evitar la estrategia de “atarme al sillón”, porque no va con mi personalidad.

El primer caso fuerte fue como profesor en la universidad. Comencé a trabajar como ayudante de un curso optativo que como alumno me había gustado mucho. Al poco tiempo, el profesor a cargo de la materia se fue a vivir al exterior y nos dejó el curso a cargo mío y de mi amigo Jorge. Hicimos transformaciones en los contenidos y sobre todo en la forma de dar el curso, que se tradujeron en un crecimiento muy grande de la materia: pasó de tener sólo 5 alumnos por cuatrimestre a 70 alumnos. La evaluación del curso por parte de los alumnos era increíblemente positiva, y las autoridades de la universidad comprendieron que el curso era de tal importancia que debía ser obligatorio para todos los estudiantes. Este premio resultó en un castigo: al pasar a ser obligatoria, el paso siguiente fue que la asuma un departamento existente dedicado a esos temas en la misma universidad, en lugar de dejársela a dos profesores independientes. Desde ya nos invitaron a pasar a formar parte de ese departamento, pero por incompatibilidad entre sus formas de trabajar y la nuestra decidimos no hacerlo. En síntesis, pasamos a ser tan imprescindibles que quedamos afuera de un día para el otro.

El segundo caso sucedió recientemente. Durante un año ayudamos al centro de emprendimientos en el cual tenemos nuestra oficina a “dinamizarlo”. Encontramos que los emprendedores y empleados trabajando en el edificio no interactuaban entre sí perdiendo grandes oportunidades profesionales. Hicimos entonces actividades de intercambio, conseguimos beneficios exclusivos para los miembros de este centro, armamos una lista de distribución e incentivamos su uso para ayudarnos mutuamente, etc.. Como resultado, se incrementó no sólo la participación sino también la permanencia de los miembros del centro y la incorporación de nuevos miembros. Esto llevó a que hoy en día hay falta de espacio y como “premio” será más difícil y/o más caro que nunca seguir teniendo aquí una oficina para nosotros.

¿Qué aprendo personalmente de estas experiencias? El hacer las cosas bien puede ser un boomerang que nos juegue en contra. Pero aun así, sé que hacer las cosas lo mejor posible es parte de mi personalidad, de mi motivación, de mi pasión, y no quiero actuar de forma diferente solo para evitarme este tipo de consecuencias. También aprendo que la línea que divide extremos tan opuestos como imprescindible y prescindible es mucho más delgada de lo que la gente cree. Por lo tanto, elijo seguir dando todo sin pensar en esas consecuencias. Y tal vez, eso que puedo catalogar como “castigo”, en el fondo es un verdadero “premio”, que nos invita a movernos a una nueva aventura. Para un espíritu emprendedor como el mío, eso es excelente.

¿Cómo vives tú estos temas? ¿Te genera temor la posible pérdida de tu trabajo? ¿En qué orden de prioridades se encuentran entre tus valores la estabilidad, el desafío, el intercambio, la transmisión, la seguridad…? Esto es parte de lo que se incluye en la etapa de auto-conocimiento en nuestros procesos de Coaching Profesional.
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